Escuchar aves, reconocerlas y, sin darme cuenta, aportar a su conservación.
Es un antes y un después. ¿Te ha pasado? Antes salía a caminar y solo contemplaba el ambiente general: la gente pasar, el cielo, el aire, los autos, el suelo. Mis sentidos activos eran, sobre todo, la vista y la atención al peligro. Quizás porque soy de una gran ciudad, Santiago. Imagino que hay personas que crecen con otro sentido activado: el de escuchar a las aves a su alrededor. Y me pregunto cuánta gente sentirá algo parecido a lo que sentí yo cuando comencé a prestarle atención a las aves de mi al rededor.
Desde que empecé a escuchar y reconocer aves, me siento más conectada con la naturaleza, más parte de ella.
Escuchar y reconocer
En la ciudad, entre autos y personas, el canto de las aves no tiene protagonismo… a menos que tu oído tenga ese "click" activado. Si prestas atención, siempre hay un canto de fondo: el grito de un tiuque o unos gorriones parloteando por ahí. Siempfre están. Ser capaz de escucharlas entrega paz y una pausa frente al caos de la ciudad.

¿Sabías que hay estudios que relacionan escuchar aves con la salud mental? En términos simples, sus resultados apuntan a que oír aves ayuda a aliviar la ansiedad y el estrés. Uno de ellos comparó escuchar cantos reproducidos de forma artificial (por parlante) frente a escucharlos de forma natural durante una caminata, midiendo además marcadores fisiológicos de estrés. El resultado fue que, la versión artificial no aumentó el bienestar, mientras que escucharlas de forma natural sí lo hizo. Es más, prestar atención consciente al canto de las aves potenció todavía más esos beneficios (Vanhöfen J. et al., 2025).
El siguiente paso, después de escuchar, es reconocer. Y aquí empieza la obsesión —o la desesperación— por saber quién es ese pajarito. ¿O solo me pasó a mí? El proceso se siente eterno, porque parecen existir millones de aves (si tuviste un despertar tardío como el mío; si creciste con ellas, te envidio, jajaja) y yo, al menos, quiero conocerlas a todas. Tal vez a ti no: tal vez solo te gusta escucharlas y eso te hace plenamente feliz. Una parte de mí también es así.
Por suerte, para quienes quieren ponerle nombre al ave que escuchan, hoy hay muchas formas de apoyo: aplicaciones de celular, guías de bolsillo, guías grandes, talleres online y presenciales. Además, han aparecido muchas tiendas que venden cositas inspiradas en las aves —desde stickers hasta esculturas de madera o en impresiones 3D—, que alimentan todavía más las ganas de observarlas y aprender de ellas.

La comunidad
¿Sabías que existe una enorme comunidad que sale a buscar pajaritos… y en todo el mundo? Y no son solo científicos o naturalistas: es todo tipo de gente que ama salir, escuchar y observar aves. ¿Qué hay que hacer para ser parte? Poco y nada: salir, observar y registrar. ¿Dónde registrar? ¿Es obligatorio? No, nada es obligatorio. Pero esta comunidad está muy ligada a una aplicación llamada eBird (disponible para celular y computador).

Sobre eBird
eBird es una plataforma creada por amantes de las aves, con el fin de reunir los datos de pajareros de todo el mundo y, con esto, fomentar su conservación. A partir de eBird, se estandarizan millones de observaciones del planeta entero, para que después científicos, estudiantes o simples curiosos puedan acceder a ellas y darles uso.
Si entras a ebird.org puedes acceder a información de prácticamente todas las aves del mundo: desde detalles como el largo de sus alas hasta su comportamiento, distribución y colores. También hay fotos, grabaciones de sus cantos e investigaciones; todo lo que quieras saber del ave. Y lo más increíble es que gran parte de esa información la publican personas motivadas por la conservación.

Nosotros también podemos aportar: basta con descargar eBird en el celular y subir las listas de las aves que identificamos en nuestros pajareos. Esos datos pueden alimentar estudios científicos sobre las migraciones, los desplazamientos por efectos del cambio climático, las conductas reproductivas y muchos temas más.
Así, algo tan simple como salir a escuchar puede transformarse en un pequeño acto de conservación.
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