Esponjas vivas: cómo los humedales nos protegen cuando el cielo se abre
No tiene tuberías ni bombas ni compuertas de acero. Está hecha de barro, totora, juncos y agua quieta. Son los humedales, y quienes los estudiamos tenemos una forma cariñosa de llamarlos: esponjas vivas.
La metáfora no es poética por casualidad. Es física pura. Cuando cae una lluvia torrencial, el suelo urbano —ese manto de cemento, asfalto y techos que llamamos ciudad— se comporta como una bandeja: el agua resbala, se acumula y busca la salida más rápida, que suele ser la calle, el pasaje y, finalmente, la casa de alguien. Un humedal hace exactamente lo contrario. Recibe ese golpe de agua, lo absorbe, frena su velocidad y lo va soltando de a poco hacia las napas subterráneas. Donde el cemento acelera el desastre, el humedal lo amortigua.

Anatomía de una esponja natural
Para entender por qué funcionan, hay que mirar bajo la superficie. Un humedal es un sistema de tres capas que colaboran. Arriba, la vegetación —totoras, juncos, batros— actúa como un cepillo que frena la corriente y le resta fuerza al agua antes de que avance. En el medio, el suelo orgánico, esponjoso y poroso, retiene volúmenes enormes de líquido, igual que una toalla empapada que puede cargar muchas veces su propio peso. Y abajo, el sistema permite que el agua se infiltre lentamente y recargue los acuíferos, esas reservas subterráneas de las que después bebemos y regamos.
El resultado es un amortiguador hidráulico gratuito. Los especialistas hablan de un "límite de diseño rígido" cuando se refieren a la infraestructura gris —los colectores, muros y canalizaciones de hormigón—: están calculados para un cierto caudal máximo y, cuando la lluvia lo supera, colapsan de golpe y, peor aún, mezclan las aguas lluvia con las aguas servidas. El humedal, en cambio, se adapta dinámicamente. No tiene un punto exacto de quiebre; sube, se ensancha, absorbe y sigue trabajando. Es la diferencia entre una represa que se rompe y una esponja que simplemente se hincha un poco más.

Si alguien quisiera un experimento a tamaño real para demostrar todo esto, el invierno de 2026 en Chile lo entregó de la peor manera posible. Entre junio y julio, una sucesión de temporales y frentes de mal tiempo dejó al menos trece fallecidos e inundaciones severas en varias ciudades del centro-sur. Y en medio de ese panorama, la prensa nacional encontró un caso que se transformó en símbolo: Valdivia, la capital de la Región de Los Ríos.
Las cifras de lo que le cayó encima son difíciles de exagerar. Solo en julio de 2026, Valdivia registró 707 milímetros de lluvia, más del doble de los 379 milímetros del mismo mes de 2025. En el acumulado del año la ciudad ya iba en 2.587 milímetros contra los 1.500 del año anterior. Hubo jornadas en que cayeron 197,6 milímetros en un solo día: casi doscientos litros de agua por cada metro cuadrado, en veinticuatro horas. Como resumió Valentina Rosales, bióloga del Centro de Humedales Río Cruces, "este mes ya llevamos 707 mm de agua caída (…) ya estamos en el doble".
Con esos números, media ciudad debería haber quedado bajo el agua. Y sin embargo Valdivia resistió. La razón tiene nombre y apellido ecológico: la ciudad conserva una red de 87 humedales urbanos y periurbanos —77 urbanos y 10 periurbanos— que cubren cerca del 15 a 16% de su territorio. En julio de 2025 esa riqueza le valió ser designada por la Convención Ramsar como la primera "Ciudad Humedal" de Chile.

Los expertos que siguieron el temporal fueron categóricos. El doctor Ignacio Rodríguez, director ejecutivo del Centro de Humedales Río Cruces (CEHUM) de la Universidad Austral de Chile, lo puso en términos que se entienden de inmediato: "En comunas sin humedales, un temporal de esta magnitud habría sido desastroso. Valdivia resistió porque sus suelos absorben, frenan la velocidad del agua y la conducen de forma segura". La geografía ayuda: los suelos volcánicos del sur de Chile retienen agua de forma natural, como recordó la doctora Susana Valle, del Centro de Investigación de Suelos y Funciones Ecosistémicas (CISFECh). Pero esa ventaja se pierde en cuanto se rellena, pavimenta o fragmenta un humedal. Rellenarlos, advirtió Rodríguez, es "una receta para la catástrofe".
Hay además una capa histórica fascinante en el caso valdiviano. El territorio que hoy ocupa la ciudad fue llamado por el pueblo mapuche-huilliche Guadalafquén, algo así como "gran lago" o "mar interior". Ellos no veían los humedales como obstáculos, sino como parte útil del paisaje: navegaban en canoa y cosechaban totora para construir. Fue la mirada colonial la que empezó a drenarlos por considerarlos terrenos insalubres. El gran terremoto de 1960, que hundió parte del terreno, volvió a expandir estos ecosistemas anfibios y creó santuarios como el Carlos Anwandter. Como dicen en Valdivia, "la naturaleza tiene memoria": el agua siempre vuelve a reclamar lo suyo.
El argumento que convence hasta al contador
Aquí conviene bajar la conversación al terreno donde se toman muchas decisiones: la plata. Porque proteger humedales no es solo lindo ecológicamente; es un negocio redondo. Un análisis citado por la prensa económica chilena estimó que los temporales recientes provocaron daños materiales directos por US$400 a 450 millones —entre pérdidas agrícolas, más de 1.800 kilómetros de caminos y puentes dañados, y viviendas afectadas—.
Frente a eso, el valor de los servicios ecosistémicos que prestan los humedales —recarga hidrológica, seguridad de riego, abastecimiento urbano, infiltración a las napas— se calculó por sobre los US$780 millones. Hagan la resta: el beneficio neto de conservarlos ronda los US$350 millones, prácticamente el doble del costo de los daños. Dicho de otro modo, cada humedal que se rellena para construir es una inversión pública en desastres futuros. Lo que antes absorbía el humedal, como resumió el doctor Andrés García de la UACh, "termina inundando calles", y esa cuenta la pagamos todos.

Más que un escudo contra la lluvia
Sería injusto reducir los humedales a su papel de bomberos silenciosos. Su trabajo va mucho más allá del día del temporal. Son sumideros de carbono: sus suelos saturados guardan carbono orgánico durante siglos, atrapando el CO₂ que de otro modo calentaría la atmósfera. Son reguladores del ciclo del agua: capturan la lluvia del invierno y la liberan lentamente en verano, sosteniendo caudales cuando más escasea el recurso. Y son refugios de biodiversidad: cisnes de cuello negro, garzas, ranitas, peces y una constelación de insectos y plantas encuentran allí su casa, en pleno tejido urbano.
Hay, por último, un valor que no cabe en ninguna planilla: los humedales embellecen la ciudad. Son el espejo de agua donde amanece la neblina, el paseo de fin de semana, el lugar donde un niño ve por primera vez un cisne de verdad. Una ciudad con humedales sanos es, sencillamente, una ciudad más amable para vivir.

Una invitación, antes de que vuelva a llover
El cambio climático no nos está pidiendo permiso. Los temporales que antes eran excepcionales se están volviendo el nuevo normal, y con ellos la disyuntiva se vuelve nítida: podemos seguir apostando todo a muros de hormigón que tarde o temprano superan su límite, o podemos cuidar la infraestructura que la naturaleza ya construyó y que, además, respira, florece y da vida.
Por eso esta nota termina con una invitación más que con una conclusión. Tomemos conciencia de que los humedales son esenciales: resguardan la biodiversidad que nos rodea, funcionan como sumideros de CO₂ que ayudan a frenar el calentamiento, regulan el ciclo del agua del que dependemos para beber y cultivar, embellecen nuestras ciudades albergando vida, y —cuando el cielo se abre— nos protegen de las inclemencias de un clima cada vez más extremo. Defender un humedal no es un lujo ambientalista: es la forma más inteligente, barata y bella de prepararnos para las lluvias que vienen.
La próxima vez que pase junto a uno, mírelo distinto. No es un terreno baldío esperando ser rellenado. Es una esponja viva trabajando por usted.
Fuentes y lecturas complementarias
- La Tercera — La "esponja" que actuó como escudo natural para Valdivia durante el reciente temporal
- El Desconcierto — El ejemplo de Valdivia: cómo los humedales salvan a las comunas de inundaciones mejor que la infraestructura gris
- BioBioChile (Economía) — El ahorro que Chile deja pasar: proteger humedales podría evitar millonarios gastos en temporales
- BioBioChile (Nacional) — Valdivia registra más de 700 mm de lluvia en julio y duplica las precipitaciones de 2025
- Diario de Valdivia — Valdivia y el Guadalafquén: el milenario escudo de agua que salva de mega inundaciones
- Ciencia en Chile — Especialistas UACh advierten sobre el rol de humedales para contener efectos de temporales
- SWI swissinfo.ch / Infobae (agencia EFE) — El rol clave que jugaron los humedales en una ciudad del sur de Chile durante el temporal
Commentarios e miembros